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Crónica de una noche cualquiera pero de un día único

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Una noche calurosa que de a poco despide el verano, mezclada con el bullicio de gente que no tiene una dirección concreta pero sin duda se dirige a algún lugar, luces que se empiezan a encender  cuando el sol ya se va, son el reflejo de un día que podría ser como cualquier otro pero que sin embargo encierra otra cosa.

Todo parece estar decorado y perfectamente ubicado para una fiesta nocturna. Como si hubiese estado predicho,  los veleros amarrados en el puerto, adornados con luces de colores, son los protagonistas de algo que hoy no les pertenece, porque es una celebración ajena.

Extranjeros, señoras paquetas, enamorados y atletas, se conjugan frente al río en este Puerto Madero que alguna vez supo ser un lugar alejado y turbio de la gran Ciudad y que hoy, sin embargo,  tiene luz propia y una belleza única cada noche.

Y ahí está el puente, blanco y eterno. Símbolo de la mujer y un lugar mágico para atravesar en las noches previas a que empiece el otoño, con esa brisa que envuelve pero no asfixia.  Y así empieza el juego: primero verde, después azul, amarillo y violeta hasta volver al blanco. Un sinfín de veces ese puente cambia sus colores, se transforma y deleita, con el mismo entusiasmo, a todos los que se paran a contemplarlo, pero sin dudas, más aun, a los que pueden ver en él lo que realmente representa.

Van trascurriendo las horas y la música empieza a sentirse, personajes conocidos interpretan melodías con ritmo que transportan a los oyentes a otras realidades. Y así llega a su fin  ese lunes de marzo donde se conmemora el Día de la Mujer  y tal vez, porque no,  tantas otras cosas más.