Ciudad1.com

Tomo y Obligo

1 2 3 4 5
Votar
votos
Resultado
Tamaño del texto

Ciudad1
  En 1910, si alguien pedía una gaseosa Cunnington, un jugo Baggio o una cerveza Antares, lo más probable es que lo miraran como a un marciano. Las marcas y sabores de las bebidas de esa época eran muy diferentes a las de hoy. Pida al mozo una ronda y lea esta nota.    

Aunque parezca que nos acompañaron toda nuestra vida, las bebidas que hoy consumimos, salvo excepciones, son bastante nuevas. En la Buenos Aires de 1910, cuando alguien se acercaba al Almacén, propiedad de algún español o italiano (¿kiosco? ¿Qué es eso?), al bar de la esquina o al copetín al paso más cercano, las marcas que relucían en las botellas eran muy distintas a las de la actualidad.

Dentro de las gaseosas, podíamos encontrar la Bilz, una bebida gasificada con sabor a  frutilla, cuya fabricación comenzó en 1902 por parte de don Andrés Ebner Anzenhofer, un alemán de origen bávaro. Otra gaseosa muy popular era la Ginger Ale Canada Dry. Como muchas otras bebidas, fue desarrollado inicialmente por un farmacéutico para uso medicinal. En este caso, el canadiense John J. McLaughlin abrió una fábrica de agua carbonatada en Toronto en 1890. 20 años después, su empresa ya era una multinacional que exportaba su producto hasta estas lejanas tierras sureñas. La bebida estaba compuesta de jengibre, limón, agua y azúcar.

Como puede notarse, no sólo las marcas sino los sabores eran muy distintos. Sin embargo, la clásica Coca-Cola con su exclusivo sabor ya estaba en el país. Eso sí, se vendía sólo en una botella de vidrio muy distinta a la conocida actualmente.

Si hablamos de bebidas espirituosas, la variedad es mucho mayor. En el rubro licores, el rey indiscutido es Bols. Su historia se remonta al año 1575, cuando Lucas Bols preparó una destilería pequeña en las afueras de Amsterdam. Se trajeron hierbas y especias de todas las partes y rincones del mundo y Lucas Bols comenzó a crear los licores más finos que en las décadas siguientes, lo harían famoso. En el Río de la Plata, las más populares eran Crema de pepitas, Parfait amour, Aquavit, Kummelbols y, por supuesto, la incomparable Ginebra.

Yendo a los aperitivos, podemos encontrar la Hesperidina Bagley, creada por el norteamericano Sewell Melville Bagley, radicado en Buenos Aires desde 1862. Comenzó a trabajar en una farmacia, que todavía existe, en la esquina de Defensa y Alsina. Allí, entre alambiques y tubos de ensayo, utilizando las naranjas de una vieja quinta ubicada en Bernal, crea una bebida que pronto se convertiría en un clásico porteño: la Hesperidina.  

Al vislumbrar el potencial de su trago, Melville planifica una campaña publicitaria original y vanguardista para la época. Consistió en pintar en las calles enormes letreros con la palabra "Hesperidina" y nada más. La curiosidad invadió a gran parte de los 140.000 porteños que habitaban Buenos Aires. Durante dos meses se vieron confundidos y deseosos de descifrar el significado de esa enigmática palabra, hasta que, un 24 de diciembre de 1864, se devela la incógnita en "La Tribuna", uno de los periódicos más importantes del país.

Tras semejante éxito publicitario, para 1910 la Hesperidina era un clásico en toda la sociedad porteña, al punto de ser nombrada en tres cuentos de Julio Cortázar: "Casa Tomada", "Tía en apuros" y "Circe". Incluso existe un tango de nombre "Hesperidina. Tango de Moda" compuesto por Juan Nirvassed en el año 1915. Como anécdota extra, las falsificaciones que sufrió la bebida de Bagley hicieron que el Presidente de la Nación, Nicolás Avellaneda, creara un registro de marcas y patentes. Es así como la Hesperidina fue la marca número uno en registrarse en Argentina.

Otro antiguo aperitivo que sobrevive hasta nuestros días, sin perder popularidad, es el Fernet Branca. Originalmente utilizada como bebida digestiva por los inmigrantes italianos, su consumo se extendió hasta reemplazar a la clásica cerveza en salidas nocturnas. Parte del éxito se debe a que a alguna brillante mente se le ocurrió mezclar esta amarga bebida con la dulce Coca Cola.

Por el lado del vermouth (o vermú), estaba la bebida que decoraba cantidad de ceniceros robados de bares: el Cinzano. Llegó a Argentina en 1890 y su popularidad fue creciendo cada vez más, sobre todo en su versión Cinzano Bianco, basado en una combinación de hierbas que incluyen artemisia (ajenjo), canela, clavo de olor, frutos cítricos y genciana.

Si de bebidas más fuertes se trata, el vodka Ersitoff era el más popular, si bien resultaba algo prohibitivo para la mayoría de los bolsillos. La fórmula de esta fina bebida está basada en una receta original del príncipe Eristoff, que pertenecía a una de las familias más antiguas y nobles de Georgia. La receta está hecha en base a un grano 100 por ciento puro que atraviesa un proceso de triple destilación, como indica la tradición establecida en el siglo XVIII.

¿Y qué pasaba con la bebida más popular, la cerveza? La hoy famosa Quilmes recién comenzaba a hacerse un nombre en el mercado, gracias al empeño de su creador, el alemán Otto Bemberg. Sin embargo, por ese entonces la "birra" más pedida era la Best India Pale Ale, cuyo nombre se debe a que es pálida en comparación con las cervezas oscuras.

Algunas cosas quedan otras se pierden. Brindemos en honor a aquellas bebidas que refrescaron a nuestros abuelos. ¡Salud!

Camilo Alves