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Oficios y beneficios

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Una de las tantas cosas que cambiaron en Buenos Aires fueron los oficios y métodos de comercio. Atendiendo necesidades básicas puerta por puerta, los vendedores ambulantes podrían considerarse los primeros "deliberies". ¿Qué cambió y qué sigue igual?  

Diseñador web, personal trainer, party planner... entre los oficios de hoy y los de 1910 hay una abismal diferencia, tan grande como la utilidad de unos y otros.

Las necesidades básicas en 1910 eran mucho más difíciles de satisfacer. Desde comprar agua o leche, hasta alguna fruta o verdura. La venta ambulante era algo habitual y adecuado, ya que la urbanización de Buenos Aires no hacía de este método algo inviable.

En el caso de la leche, por ejemplo, los porteños eran abastecidos por el lechero, quien traía a caballo los cántaros desde establecimientos a más de 30 kilómetros de la Ciudad. Para no tener que ir puerta por puerta, se establecía un punto de encuentro donde el lechero se instalaba para que los consumidores fueran a su encuentro, generalmente en una plaza.

En cuánto a las frutas y verduras, el vendedor de estos productos se levantaba bien temprano y concurría a abastecerse al mercado ubicado en el Spinetto (donde terminó instalándose el primer Shopping Center de la Ciudad). Recorrían las calles con un carro tirado por caballos, vendiendo los alimentos hasta el mediodía. Entonces ingresaban a un corralón y tanto los animales como el vehículo quedaban guardados hasta el día siguiente.

¿Pero en qué se llevaban estos productos? En cestas de mimbre, por supuesto, las cuales eran vendidas puerta a puerta por el cestero, quien las fabricaba de forma artesanal. También vendía sillas del mismo material y plumeros.

Otro oficio que sufrió muchas modificaciones fue el del barbero. Tanto que ya no se lo llama así. Sala usted a la calle y busque un barbero o siquiera un peluquero. No lo encontrará. Encontrará coiffeurs, estilistas, aterieres, studios, pero barberías o peluquerías, ya no existen.

Muñidos de una brocha y una navaja, que afilaban con una cinta de cuero, los barberos rasuraban eficientemente a sus clientes, dejando impecable el grueso bigote que se estilaba en ese entonces. Nada de claritos, tinturas, barbas candado ni charlas sobre "Bailando".

El salón donde trabajaban también era muy distinto a las pulcras, luminosas y diseñadas peluquerías de hoy. Constaban de una pieza que daba a la calle y en la puerta flameaba, por regla general, una cortina de zaraza de color, con grandes florones en las paredes, blanqueadas, sucias y nunca empapeladas. Un sillón de baqueta, toallas y peines (no muy limpios) un brasero con su pava y una escoba, constituían el mobiliario del lugar.

Muchos oficios se perdieron o se transformaron casi completamente, al tiempo que surgían nuevos, acordes a los avances y necesidades que nacieron con el progreso. Sin embargo, algunos vestigios quedan en este siglo XXI, tan cambalache como el anterior. Como muestra, sólo basta escuchar, de vez en cuando, el timbre de una bicicleta cuyo conductor grita lo más parecido a un pregón en la actualidad: "Afiiilaaadoooooooooorrrr".

Camilo Alves