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Cuando Pedro de Mendoza llegó desde España en 1536, nombró a estas tierras "Puerto y Real de Nuestra Señora Santa María de los Buenos Aires". Ya se vislumbraba que ese lugar, sería el pilar fundamental para la fundación de la Ciudad.
No hay otra manera de contar la historia de Buenos Aires que no sea hablando de su puerto. De hecho, todo comenzó cuando los colonizadores llegaron al "Riachuelo de los Navíos". Fue en sus orillas donde se comenzaron a construir una iglesia y algunas chozas que fueron habitadas -de manera muy precaria- por una parte de la población.
En 1580, cuando Juan de Garay fundó por segunda vez Buenos Aires, las intenciones eran distintas. Si durante su primera estadía habían llegado en busca de riquezas, esta vez los españoles volvieron conociendo la importancia que significaba la salida al atlántico sur y el usufructo proveniente de esa situación.
Tal fue la importancia que se le dio, que el mismo Garay enarboló el lema que señalaría el destino portuario de la Ciudad de la Santísima Trinidad y el Puerto de Santa María del Buen Ayre: "Es necesario que se abran puertas a la tierra y el suelo florezca, que sus frutos sirvan a su pueblo y a otros pueblos de la Tierra".
Durante la época colonial había un régimen de comercio monopólico con España, así que Buenos Aires no podía funcionar de otra manera que no fuese a través del puerto. De hecho, hasta que se inventó la vía aérea, la única forma conocida para el comercio exterior era la marítima y pluvial.
Cerca del 1600 comenzaron las renovaciones: se construyeron muelles y se mejoraron las instalaciones portuarias, tanto el puerto como la Ciudad tomaron cada vez más fuerza y para finales de ese siglo la población llegó casi a los cinco mil habitantes.
Durante los cien años siguientes sufrió importantes transformaciones. En 1776 se creó el Virreinato del Río de la Plata, con capital en Buenos Aires. En la Ciudad se comenzaron a construir edificios.
Con respecto a la economía también hubo un avance significativo, cuando Inglaterra comenzó a presionar para ubicar sus manufacturas y comprar materias primas. La región empezaba a perfilarse como agroexportadora.
Por 1800 el clima comenzó a convulsionarse. Inglaterra decidió ocupar el área del Plata, por la importancia comercial del Puerto de Buenos Aires y para paliar la pérdida de sus colonias del norte de América que le proporcionaban materias primas y mercados para sus manufacturas.
Los porteños se armaron un pequeño ejército criollo, al mando de Santiago de Liniers, y recuperaron la ciudad. Sin embargo, los testarudos ingleses se prepararon mejor y, un año después, quisieron retomarla. Al llegar se encontraron con una Ciudad preparada y fueron derrotados.
El 25 de mayo de 1810, la Primera Junta de Gobierno destituye al Virrey Cisneros e invita a todas las ciudades del interior para que envíen a sus representantes. Pero, como no podía ser de otra manera, comenzaron las pujas por los intereses contrapuestos. Comenzaban a producirse los enfrentamientos entre Buenos Aires y el interior.
Cuando el Triunvirato asumió el poder, en 1811, se modificó la política económica. España dejó de tener el monopolio del comercio con la región, pero el cambio fue aún más radical y se adoptó un modelo librecambista que atrajo, sobre todo, a los ingleses.
Aquellos criollos que no pudieron competir en los negocios de exportación e importación tuvieron que limitarse al mercado interno. Para esa época llegó el primer transatlántico, de origen británico. La población estaba entusiasmada y el puerto era la causa.
Pero no todo fue tranquilidad ya que Brasil, recién independizado, le declaró la guerra a las Provincias Unidas del Río de la Plata, en 1825 y ejerció un bloqueo a los puertos argentinos. Como resultado, el Río de la Plata se dividió en puertos, el de Buenos Aires y el de Montevideo. A pesar de esto, el movimiento portuario continuó ampliándose.
Cuando en 1840 se levantó el bloqueo, el mercado porteño comenzó a escalar. Quince años después, se inauguró un muelle para desembarco de pasajeros. El Puerto de Buenos Aires estaba en auge, tanto así que decidieron mudar el edificio de la Aduana al área portuaria.
El comercio exterior se convirtió en el pilar fundamental para el fortalecimiento de la riqueza nacional y por ese tiempo se pensó en cómo adecuar el puerto a la situación de prosperidad que se vivía en el país, fue así que cuando se acercaba el fin del siglo XIX se inauguró Puerto Madero, nombre que recibió por su constructor.
Para 1900 el movimiento era tal, que la capacidad portuaria se vio superada, por lo que se comenzó la obra del Puerto Nuevo, diseñadas por el Ingeniero Huergo, que se inauguró en 1926.
Durante las décadas siguientes, continuó funcionando como el motor de la economía, aunque la inversión decayó, debido al poco gasto en obras públicas. Esta situación comenzó a revertirse en 2004, cuando la atención de los funcionarios volvió a enfocarse en adecuar la infraestructura existente ante la llegada incesante de contendedores y buques.
Más allá de los vaivenes de la economía a lo largo de la historia, es indiscutible que ni el país ni la Ciudad serían lo que son hoy sin el puerto. Ya que fue, es y seguirá siendo símbolo de prosperidad nacional.