Ciudad1
El exitismo nos lleva a hacer cosas impensadas, como proclamarnos españoles, para sentirnos un poquito campeones, aún si para ello tengamos que adentrarnos en las ramas del árbol familiar.
Los argentinos descienden de los barcos. Y, sobre todo, de los barcos españoles. A pesar de estos 200 años de independencia, la Madre Patria siempre fue y será España, hecho ampliamente evidenciado en los apellidos y costumbres de los porteños.
Y sí, en el Mundial nos quedamos con las ganas. No es la primera vez, ni será la última. Pero ya que los "hermanos" uruguayos no nos acercaron la copa, por lo menos encontramos el modo de sentirnos partícipes del triunfo español.
Es en este momento cuando todos sacan a relucir sus apellidos: Fernández, Hernández, Ríos, Díaz (con zeta, bien de España), incluso los que originaron más de una broma cruel en la niñez, como Vaca o De la Concha, ahora se exhiben con orgullo.
"Los chistes de gallegos nunca me parecieron graciosos" comentan sin ruborizarse algunos chantas en el café de la esquina, mientras llaman a Manolo, el mozo, y lo abrazan felicitándolo con un "Ganamos, paisano, ganamos", fuerte, para que lo escuche toda la barra. Para celebrar, deciden acompañar la cerveza con una picadita. "A mí traeme jamón ibérico, eh" grita otra vez el imbancable de turno.
Las cocinas porteñas dejan de lado el asado o las pastas y empiezan a preparar paellas, pastel de papas y mejillones. "Yo con azafrán, arroz y aceite de oliva te hago de todo" dicen con suficiencia las amas de casa, mientras desempolvan el libro de Karlos Arguiñano y los VHS con algunos de sus programas grabados.
Mientras, muchos se lanzan a las disquerías a procurarse discos de Joaquín Sabina, Joan Manuel Serrat, Montserrat Caballé, David Bisbal o Héroes del silencio, porque "los cantantes españoles son los mejores".
Es que el porteño es un exitista sin remedio. Y, si la derrota es huérfana, la victoria tiene muchos padres. O aunque sea, cuñados colados.
¡Y Olé!
C1/C.A.