Ciudad1
Al final, el ciclo de Diego Maradona en la Selección terminó como no podía ser de otra manera, con un grotesco escándalo.
Julio Grondona haciendo y deshaciendo como en sus mejores tiempos, el mediático Carlos Bilardo escondido en un sótano y un director técnico que derrochó soberbia y desplantes antes del 0-4 con Alemania y que ahora busca ponerle precio a su sonora caída con una denuncia de traición. Triste final para un culebrón con típico sello argentino, marcado por esa conducta mezquina y egoísta que parece haber contaminado ya todos los estamentos de la vida social, política y cultural de nuestro país.
Nadie es capaz de asumir una autocrítica sincera, un reconocimiento de errores o de someterse a un análisis sereno y reflexivo que permita sacar conclusiones aleccionadoras y que contribuya a crear un clima propicio para que el fútbol argentino vuelva a brillar en el escenario internacional con todo su esplendor.
Paradójica también la dócil y liviana postura de todos los clubes representados en el seno del consejo directivo de la AFA, donde ningún dirigente se animó a pedirle una rendición de cuentas a Grondona por las erráticas decisiones que tomó en los últimos cuatro años en el manejo de la Selección.
Fue don Julio quien en 2006 cometió el desatino de dejar el equipo en manos de un Alfio Basile ya pasado de época, cargado de cábalas e improvisaciones, que rápidamente demostró su incapacidad para responder a las exigencias que demanda hoy la conducción de un seleccionado nacional.
Y fue también Grondona el que apostó luego a una movida de fuerte impacto emotivo con la contratación de Maradona sin ponderar debidamente que el desequilibrio emocional de Diego y sus escuálidos pergaminos como entrenador iban a ser gérmenes de un proceso ajetreado y turbulento con mal pronóstico final.
Ahora está abierto el escenario de la sucesión con un Alejandro Sabella que parece haber arrancado con ventaja, aunque el 'Checho" Batista intentará aprovechar su interinato para posicionarse como candidato y Miguel Angel Russo tampoco pierde la esperanza de ser finalmente el elegido.
La mayoría de las encuestas que han circulado por Internet en estos días confirman que a nivel popular existe una mayoritaria corriente de respaldo hacia Carlos Bianchi, pero el exitoso ex entrenador de Vélez y Boca es persona no grata en la calle Viamonte, por lo menos mientras continúe el inoxidable reinado de Grondona.
Hay quienes dicen con tono dramático que el fútbol argentino necesita una refundación. Suena un poco grandilocuente y exagerado, además de ser un argumento funcional a los intereses de quienes proponen mirar hacia adelante con voluntarismo y sin hacerse cargo de responsabilidades pretéritas.
Lo que si es evidente es que la indiscutida hegemonía de Grondona y la notoria incapacidad del resto de la dirigencia futbolera para gestar una alternativa de recambio en la conducción de la AFA son claras señales de que no habrá grandes sorpresas y de que el camino que viene estará jalonado por más de lo mismo, aunque nos siga yendo mal.
Toda organización institucional necesita oxigenarse con caras más frescas, con modelos innovadores de gestión y organización, con conductas de dirección más transparentes y cristalinas y con un espíritu de acción que privilegie lo colectivo y que no dependa de la voluntad omnímoda de un solo señor.
Y hoy por hoy el fútbol argentino está muy lejos de conectarse con ese ideal.